Como psiquiatra y parte del equipo que colaboró en el desarrollo de la orden ejecutiva que el Gobierno de Puerto Rico firma hoy, quiero explicar con precision qué hace esta orden, qué dice la evidencia científica actual sobre la ibogaína, lo que aún desconocemos, y por qué este primer paso desde un marco de investigación responsable es el paso correcto.

Un momento que llevábamos meses construyendo

Hoy, 4 de agosto de 2026, la gobernadora Jenniffer A. González Colón firmó la Orden Ejecutiva OE-2026-037, que establece la política pública de Puerto Rico dirigida a fortalecer la investigación clínica, el desarrollo de ensayos clínicos controlados y la capacidad científica del sistema de salud de la isla en terapias emergentes, una categoría que incluye, entre otras, las terapias psicodélicas y los compuestos de ibogaína. Tuve el privilegio de aportar la perspectiva clínica durante el desarrollo de esta orden, junto a un equipo comprometido con que cualquier avance en este espacio se construya sobre evidencia científica y responsabilidad.

Quiero ser precisa desde el inicio, porque en este tema la precisión importa tanto como la esperanza: esta orden no crea tratamiento con ibogaína, no reclasifica la sustancia, y no autoriza su uso clínico dentro ni fuera de un entorno de investigación. Lo que hace es instruir al Secretario del Departamento de Salud a evaluar, con el apoyo de un nuevo Comité Asesor Científico y Regulatorio, si conviene y es viable establecer un Programa Piloto de Investigación Clínica en Terapias Emergentes, del cual la ibogaína sería la línea de studio. Es el primer paso formal de un proceso de varios pasos: evaluar antes de decidir, y decidir antes de actuar.

Esta nueva orden ejecutiva crea un marco para que Puerto Rico pueda investigar el uso de la ibogaína de manera responsable, bajo supervisión médica y con protocolos estrictos de seguridad. Esto permite que Puerto Rico pueda participar en la generación de la evidencia que hace falta.

¿Qué hace esta orden, exactamente?

Esto es lo que la orden logra hoy, de manera concreta:

  • Crea el Comité Asesor Científico y Regulatorio, adscrito al Departamento de Salud, integrado por personas designadas por la Gobernadora e integrado por profesionales con experiencia en investigación clínica, salud pública, bioética, ciencias médicas, farmacología, neurología, psiquiatría, psicología y asuntos regulatorios, junto a representantes de la Oficina del Procurador del Veterano y otras agencias pertinentes.
  • Instruye a ese Comité a evaluar la evidencia científica disponible sobre terapias emergentes, incluyendo explícitamente terapias psicodélicas y compuestos de ibogaína, para enfermedades mentales graves, trastornos por uso de sustancias y otras condiciones de salud, particularmente en pacientes cuyas condiciones persisten después de recibir los tratamientos convencionales disponibles.
  • Le da al Comité un plazo, contado desde su constitución, para entregar al Secretario de Salud un informe escrito con los resultados de esa evaluación y sus recomendaciones sobre la conveniencia y viabilidad de establecer un Programa Piloto de Investigación Clínica en Terapias Emergentes. El Secretario remite ese informe, con sus propias recomendaciones, a la Gobernadora.
  • Traza la ruta de decisión completa: informe del Comité, recomendación del Secretario, evaluación de la Gobernadora y, si decide avanzar, un Plan de Implementación con su propio cronograma. Ningún programa se salta ese proceso de evaluación, y eso es lo que le da seriedad y credibilidad a lo que viene después.

Vale la pena ser precisa con el mismo detalle con el que celebro este paso: la orden es explícita en que nada de lo dispuesto se interpretará como autorización para administrar, prescribir u ofrecer terapias emergentes, incluida la ibogaína, como parte de la práctica clínica rutinaria en Puerto Rico, mientras dure este proceso de evaluación. La orden fue diseñada para que la decisión final, cuando llegue, esté bien fundamentada.

¿Por qué le importa esto a Puerto Rico?

La propia orden reconoce que Puerto Rico enfrenta desafíos de salud pública importantes relacionados con trastornos de salud mental, trastornos por uso de sustancias, enfermedades neurodegenerativas y otras condiciones complejas. A continuación algunas cifras que nos conscientizan sobre la seriedad que merece este tema:

  • Veteranos: en Puerto Rico viven aproximadamente 83,641 veteranos, cerca del 3.1% de la población civil adulta, según datos de la Oficina del Censo de los Estados Unidos recopilados por el Centro Estatal de Datos de Puerto Rico. A nivel nacional se estima que 1 de cada 5 veteranos de las guerras de Irak y Afganistán vive con trastorno de estrés postraumático (TEPT). Un estudio con veteranos hispanos de la Guerra de Vietnam (Ortega & Rosenheck, 2000, American Journal of Psychiatry) encontró que los veteranos puertorriqueños tenían una probabilidad significativamente mayor de TEPT que otros veteranos latinos, una vulnerabilidad que aún no se ha vuelto a medir con datos de las generaciones más recientes. Por eso la orden sí incluye una disposición específica para esta población: en la evaluación del programa piloto y en el desarrollo de futuras iniciativas de investigación, el Departamento de Salud coordinará con la Oficina del Procurador del Veterano para facilitar la orientación, el referido y la participación de veteranos residentes en Puerto Rico que sean referidos por el sistema de salud de El Departamento de Asuntos de los Veteranos (VA, sigla en inglés) o por un profesional de la salud debidamente autorizado.
  • Adicción: en 2022, Puerto Rico registró 2,140 sobredosis: 755 fatales (Instituto de Ciencias Forenses) y 1,385 revertidas con naloxona en la comunidad, según el Observatorio de Salud Mental y Adicción de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA). Eso equivale a una sobredosis cada 4 horas, y a una tasa de 67 sobredosis por cada 100,000 habitantes. Las 755 muertes de ese año superan con creces el promedio histórico de unas 75 muertes por sobredosis al año. Casi 9 de cada 10 personas afectadas fueron hombres.
  • Condiciones neurodegenerativas: entre 15,000 y 25,000 personas viven con la enfermedad de Parkinson en Puerto Rico, atendidas por apenas un puñado de neurólogos especializados en la condición. A esto se suma la esclerosis múltiple (EM): entre 4,000 y 5,000 personas viven con EM en la isla, una prevalencia de aproximadamente 95 por cada 100,000 habitantes, una de las más altas de América Latina y el Caribe.

Estas cifras representan más que números para mí. Son las de mis pacientes y las de mi comunidad; y son la razón por la que Puerto Rico necesita ser parte de la investigación, no solo receptor de sus resultados.

¿Qué es la ibogaína?

La ibogaína es un alcaloide indólico psicoactivo que se extrae de la raíz de Tabernanthe iboga, un arbusto originario de África Central-Occidental utilizado desde hace siglos en el ritual Bwiti, en Gabón. A diferencia de lo que muchos asumen, la ibogaína no es un psicodélico clásico como la psilocibina o la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) — que actúan principalmente sobre el receptor 5-HT2A. Es una molécula de "farmacología en matriz": tiene afinidad moderada a débil sobre múltiples sistemas a la vez: antagonismo de receptor NMDA, agonismo de receptores opioides kappa, antagonismo nicotínico α3β4 (considerado el mecanismo principal detrás de su efecto antiadictivo), actividad sobre sigma-2 (implicada en la neurotoxicidad cerebelar observada en modelos animales) e inhibición del transportador de serotonina. Ese perfil farmacológico inusual es lo que ha despertado el interés científico actual, particularmente para condiciones donde los tratamientos disponibles siguen siendo insuficientes: la adicción, el TEPT, las lesiones cerebrales traumáticas y condiciones neurodegenerativas como el Parkinson y la esclerosis múltiple.

¿Cómo se siente la ibogaína?

La experiencia con ibogaína es marcadamente distinta a la de otros psicodélicos, y no tiene nada de recreacional. Quienes la han vivido en un contexto clínico suelen describirla como una revisión acelerada de la propia vida: algunos terapeutas la resumen como "diez años de psicoterapia en una noche." Durante la fase aguda, que dura varias horas, es común revivir recuerdos de etapas tempranas de la vida, a menudo desde una perspectiva de tercera persona, con una especie de empatía distanciada hacia uno mismo y hacia las demás personas presentes en esos recuerdos. A eso le sigue un período más largo (hasta 24 o 36 horas en total) de introspección y fatiga física. Es precisamente esa intensidad, y esa duración, lo que hace que el monitoreo médico deba extenderse mucho más allá de la dosis inicial: no es una experiencia que pueda tomarse a la ligera, ni vivirse fuera de un entorno clínico.

Más allá de la ciencia y las políticas públicas, también existen historias humanas que inspiran la búsqueda de nuevas posibilidades terapéuticas. Les invitamos a conocer la experiencia personal de David Melchor, Cofundador y CEO de Pravan Foundation, quien viajó a México para recibir tratamiento con ibogaína como parte de su manejo integral de la enfermedad de Parkinson. Su testimonio refleja el potencial transformador que estas terapias pueden representar para algunos pacientes y la importancia de continuar impulsando investigación clínica rigurosa que permita comprender mejor su seguridad y eficacia.

Lo que la evidencia dice hoy

La investigación sobre la ibogaína todavía está en sus primeras etapas, pero ya no se basa únicamente en evidencia anecdótica. Aquí es clave distinguir tres cosas: lo que ya sabemos, lo que sospechamos, y lo que todavía no se ha comprobado. En salud mental y condiciones neurológicas, casi toda la evidencia en humanos viene de estudios pequeños, sin grupo de comparación (placebo), hechos mayormente en veteranos varones. Todavía no existe un ensayo clínico controlado que haya probado la ibogaína en TEPT, depresión o lesión cerebral traumática. Esto no quiere decir que no funcione. Quiere decir que aún no podemos separar con certeza cuánto del beneficio se debe al medicamento y cuánto a otros factores. A continuación algunos de los hallazgos más importantes hasta hoy:

  • Estudio MISTIC de Stanford (Cherian et al., Nature Medicine, 2024): 30 veteranos varones con lesión cerebral traumática (mayormente leve) recibieron una sola dosis de ibogaína con magnesio, junto a terapia complementaria. Al mes, la mayoría mostró mejoras muy grandes: 86% ya no cumplía criterios de TEPT, 83% de depresión, y 83% de ansiedad. No hubo problemas cardíacos serios bajo este protocolo. Es el estudio más citado del campo, pero hay que tomarlo con cautela: no tuvo grupo de comparación, y el grupo de pacientes fue pequeño y se ofreció como voluntario, no elegido al azar.
  • ¿Cuán durable es el efecto? Es la pregunta más importante que aún no tiene respuesta. El seguimiento a 12 meses del equipo de Stanford ya está disponible como prepublicación y aún espera revisión por pares. La evidencia más sólida disponible hasta ahora viene de un programa en México (Davis et al., 2023): siguieron a 86 veteranos que recibieron ibogaína seguida de otra sustancia (5-MeO-DMT), y vieron mejoras en TEPT, depresión y ansiedad que se mantuvieron hasta los seis meses. La limitación es que, como usaron dos sustancias combinadas y no hubo grupo de comparación, no se puede saber qué tanto del efecto viene solo de la ibogaína. Eso es justo lo que un estudio controlado podría aclarar.
  • Adicción: hay cerca de 24 estudios de ibogaína en personas con trastornos por uso de sustancias (unos 705 pacientes en total), pero solo tres fueron ensayos controlados. Los dos estudios enfocados en trastorno de uso por consumo de opioides; sí mostraron que el corazón puede verse afectado según la dosis. El único ensayo controlado con resultado positivo fue en cocaína, no en opioides. Entonces, ¿por qué tanto interés en opioides? Porque varios estudios más pequeños, hechos por separado en Estados Unidos, Nueva Zelanda y los Países Bajos, muestran el mismo patrón una y otra vez: después de una sola dosis, la mayoría de los pacientes deja de sentir síntomas de abstinencia en dos o tres días, y el deseo de consumir baja notablemente. Es un hallazgo llamativo, pero ninguno de esos estudios tuvo grupo de comparación ni fue a ciegas, así que no podemos estar seguros de cuánto es el efecto real del medicamento. En pocas palabras: en opioides, la ibogaína no es que no se haya estudiado, es que todavía no se ha comprobado. Cerrar esta brecha es precisamente el propósito del programa piloto de investigación que impulsa esta orden ejecutiva.
  • Condiciones neurodegenerativas: aquí la evidencia es la más temprana de las tres áreas, apenas un par de casos individuales. En esclerosis múltiple, dos pacientes (Chen et al., 2025) mostraron una lesión más pequeña en resonancia magnética después del tratamiento, algo que los autores creen podría indicar reparación de la mielina. En Parkinson, un caso (Erny et al., 2026) describe a una mujer de 52 años que, tras 80 días con dosis bajas, mejoró en síntomas motores, calidad de vida, fatiga y ánimo, aunque durmió peor. No hubo otros efectos adversos. Estos son casos aislados, sin grupo de comparación, por lo que no prueban nada todavía. Además, es importante reconocer que los cambios en las imágenes pueden ser causados por otras razones. Sin embargo, lo que sí existe es una razón científica de fondo: en animales, la ibogaína aumenta una proteína (GDNF) que protege las neuronas que se pierden en el Parkinson. Pero ese mecanismo no se ha probado todavía en animales con Parkinson, y en dosis altas puede afectar el equilibrio, algo que preocupa en pacientes que ya tienen dificultad para caminar. Es una idea prometedora, no una promesa. Y es justamente por eso, porque la evidencia es tan temprana, que la única forma responsable de avanzar es investigándola con cuidado.
  • Texas, consorcio IMPACT ($50 millones, UTHealth Houston y UT Medical Branch Galveston): un ensayo clínico multicéntrico de dos años, financiado por el estado, que comenzó a reclutar pacientes en 2026 para estudiar ibogaína en adicción, lesión cerebral traumática y otras condiciones de salud conductual, parte de la nueva generación de estudios diseñados con controles de seguridad cardíaca desde el inicio.
  • Orden ejecutiva federal (18 de abril de 2026): el presidente Trump firmó una orden dirigida a acelerar la revisión regulatoria de terapias psicodélicas, nombrando explícitamente a la ibogaína, con un compromiso de al menos $50 millones a través de ARPA-H para investigación y para apoyar a estados que desarrollen sus propios programas.

Hoy Puerto Rico se suma a ese movimiento, no como espectador, sino como posible protagonista, con la ventaja de contar con un ecosistema farmacéutico, académico y clínico capaz de sostener investigación de alto rigor.

Los riesgos que no podemos ignorar

Sería irresponsable de mi parte hablar de ibogaína sin hablar de sus riesgos. El riesgo principal es cardíaco: la ibogaína puede alterar el ritmo eléctrico del corazón y provocar arritmias graves, incluso en personas sin ninguna condición cardíaca conocida. La literatura documenta al menos 27 muertes asociadas a su uso (Litjens & Brunt, 2016). La mayoría ocurrió en contextos sin evaluación cardíaca previa ni monitoreo médico, pero también se han reportado casos bajo supervisión. El monitoreo no elimina el riesgo, pero sí permite detectarlo y actuar a tiempo.

El único estudio que monitoreó el corazón de cerca (Knuijver et al., 2022) muestra qué tan real es este riesgo. La mitad de los pacientes alcanzó niveles considerados de alto riesgo mientras que en varios ese riesgo se mantuvo más de 24 horas después de la dosis. Por otro lado, todos necesitaron asistencia para caminar durante varias horas, algo a considerar especialmente en pacientes con Parkinson o esclerosis múltiple, quienes ya tienen mayor riesgo de caídas.

Otra particularidad a tener en cuenta es que cada persona metaboliza la ibogaína de forma distinta según su genética, así que la misma dosis puede afectar a dos personas de manera muy diferente. Ciertos medicamentos comunes, como algunos antidepresivos, y los niveles bajos de potasio o magnesio, pueden aumentar aún más el riesgo cardíaco.

Por eso un marco de investigación regulado es tan importante. La diferencia entre una tragedia y un tratamiento verdaderamente transformador casi siempre está en la supervisión médica: evaluación cardíaca antes de la dosis, monitoreo continuo, personal entrenado, y capacidad de responder rápido ante una emergencia. Eso es justo lo que un estudio piloto bien diseñado puede ofrecer.

¿Qué aún no cambia?

Para que quede claro para nuestra comunidad:

  • A nivel federal, la ibogaína sigue clasificada en la Lista I de la DEA, la categoría más restrictiva, reservada para sustancias sin uso médico reconocido. Esta orden no altera ese estatus federal, y tampoco reclasifica la ibogaína dentro del sistema de sustancias controladas de Puerto Rico.
  • La ibogaína no es, ni pasa a ser hoy, un tratamiento aprobado. No estará disponible en farmacias ni consultorios. Buscarla o administrarla fuera de cualquier futuro programa de investigación autorizado sigue siendo ilegal y clínicamente peligroso.
  • Todavía no existe un Programa Piloto de Investigación al cual inscribirse. Lo que existe, a partir de hoy, es un Comité Asesor con instrucciones claras y un plazo de 45 a 120 días para evaluar si ese programa debe crearse, y cómo.

Ese proceso toma tiempo, y así debe ser.

Por qué esto me importa, como psiquiatra puertorriqueña

Resumiría todo esto con una palabra: esperanza. Pero la esperanza de un primer paso bien dado, no la de una promesa adelantada. La ibogaína tiene una señal científica real y prometedora para la adicción y ciertas condiciones neuropsiquiátricas, y Puerto Rico tiene hoy, por primera vez de forma oficial, un mecanismo para ayudar a averiguar, con seriedad, si esa promesa se sostiene. Eso es exactamente lo que hace un proceso responsable: no promete curas, no vende falsas esperanzas, pero tampoco ignora una posibilidad real. Evalúa con cuidado, antes de decidir, para poder responder con certeza dejando a un lado el entusiasmo y el miedo.

Como psiquiatra, veo en esta clase de medicinas algo que la psiquiatría ha buscado durante décadas: la posibilidad de combinar, en una misma experiencia, el trabajo farmacológico y el trabajo psicoterapéutico que normalmente hacemos por separado; uno que actúa sobre la química cerebral, y otro que procesa significado, poco a poco, a veces durante años. Cuando ambos ocurren juntos, se abre una ventana para evaluar y explorar cosas que de otra forma tomarían mucho más tiempo en surgir. Por eso creo que esta generación de tratamientos puede representar un punto de inflexión para nuestro campo, no por magia, sino porque combina, en una sola sesión supervisada, dos herramientas que históricamente hemos usado por separado.

Trabajo todos los días con pacientes que viven con depresión resistente, trauma y adicción, personas para quienes las opciones actuales, aunque valiosas, no siempre son suficientes. Como psiquiatría integrativa e intervencional, he visto de cerca tanto el potencial como los límites de las terapias emergentes. Por eso creo que la pregunta correcta nunca es "¿la ibogaína funciona?", todavía no tenemos evidencia suficiente para responder eso con certeza, sino "¿estamos dispuestos a evaluarla, y eventualmente investigarla, con el rigor, la seguridad y la humildad científica que se merece?"

Puerto Rico hoy responde que sí, pero con el mismo rigor que exige toda buena ciencia: con datos, con supervisión médica, con transparencia y priorizando la seguridad del paciente. Ese es el compromiso que asumí al colaborar en esta orden ejecutiva y el mismo que guía a la Fundación Pravan en cada uno de nuestros proyectos de investigación, educación, política pública e innovación.

Seguiremos informando a nuestra comunidad, con la misma rigurosidad y la misma esperanza, a medida que este proceso avance.

Paulina D. Rullán-Farinacci, MD 

Psiquiatra, Cofundadora y Directora Médica de Sattva Clinic, Clínica de Psiquiatría Integrativa e Intervencional. Directora de Educación e Investigación de la Pravan Foundation.

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