Como psiquiatra y parte del equipo que colaboró en el desarrollo de la orden ejecutiva que el Gobierno de Puerto Rico firma hoy, quiero compartir qué dice la evidencia científica actual sobre la ibogaína, lo que aún desconocemos, y por qué un marco de investigación responsable es el paso correcto.

Un momento que llevábamos meses construyendo

Hoy, 4 de agosto de 2026, la gobernadora Jenniffer A. González Colón firma una orden ejecutiva que da paso a un Programa Piloto de Investigación y Tratamiento con Ibogaína en Puerto Rico. El programa está dirigido a tres poblaciones: veteranos, personas con trastorno por consumo de opioides, y pacientes con condiciones neurodegenerativas, tales como Parkinson y esclerosis múltiple. Tuve el privilegio de aportar la perspectiva clínica durante el desarrollo de esta iniciativa, junto a un equipo comprometido con que cualquier avance en este espacio se construya sobre evidencia científica y responsabilidad.

Quiero ser clara desde el inicio: esta orden no aprueba la ibogaína como tratamiento, no la hace disponible en clínicas, y no cambia su estatus como sustancia controlada a nivel federal. Lo que hace es crear un marco para que Puerto Rico pueda investigar su uso de manera responsable, bajo supervisión médica y con protocolos estrictos de seguridad. Esto permite que Puerto Rico pueda participar en la generación de la evidencia que hace falta.

¿Por qué estas tres poblaciones?

El programa se enfoca en veteranos, personas que experimentan adicción a opioides y pacientes con condiciones neurodegenerativas ya que estas poblaciones representan algunas de las necesidades de salud más importantes que enfrenta Puerto Rico:

  • Veteranos: en Puerto Rico viven aproximadamente 83,641 veteranos, cerca del 3.1% de la población civil adulta, según datos de la Oficina del Censo de los Estados Unidos recopilados por el Centro Estatal de Datos de Puerto Rico. A nivel nacional se estima que 1 de cada 5 veteranos de las guerras de Irak y Afganistán vive con trastorno de estrés postraumático (TEPT). Un estudio con veteranos hispanos de la Guerra de Vietnam (Ortega & Rosenheck, 2000, American Journal of Psychiatry) encontró que los veteranos puertorriqueños tenían una probabilidad significativamente mayor de TEPT que otros veteranos latinos, una vulnerabilidad que aún no se ha vuelto a medir con datos de las generaciones más recientes, pero que refuerza por qué esta población merece atención prioritaria.

  • Adicción: en 2022, Puerto Rico registró 2,140 sobredosis: 755 fatales (Instituto de Ciencias Forenses) y 1,385 revertidas con naloxona en la comunidad, según el Observatorio de Salud Mental y Adicción de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA). Eso equivale a una sobredosis cada 4 horas, y a una tasa de 67 sobredosis por cada 100,000 habitantes. Las 755 muertes de ese año superan con creces el promedio histórico de unas 75 muertes por sobredosis al año. Casi 9 de cada 10 personas afectadas fueron hombres.

  • Condiciones neurodegenerativas: entre 15,000 y 25,000 personas viven con la enfermedad de Parkinson en Puerto Rico, atendidas por apenas un puñado de neurólogos especializados en la condición. A esto se suma la esclerosis múltiple (EM): entre 4,000 y 5,000 personas viven con EM en la isla, una prevalencia de aproximadamente 95 por cada 100,000 habitantes, una de las más altas de América Latina y el Caribe. El interés científico en explorar la ibogaína en estas condiciones no proviene de datos clínicos, que hoy son mínimos, sino de una base mecanística preclínica: en modelos animales, la ibogaína aumenta selectivamente la expresión de GDNF, un factor neurotrófico que protege a las neuronas dopaminérgicas que se pierden en el Parkinson. No existe evidencia que vincule ese mecanismo con la reparación de mielina, y la esclerosis múltiple es primariamente una enfermedad inflamatoria desmielinizante con un componente neurodegenerativo secundario. En ambas condiciones la investigación con ibogaína está en una etapa mucho más temprana que en adicción o TEPT.

Estas cifras representan más que números para mí. Son las de mis pacientes y las de mi comunidad; y son la razón por la que Puerto Rico necesita ser parte de la investigación, no solo receptor de sus resultados.

¿Qué es la ibogaína?

La ibogaína es un alcaloide indólico psicoactivo que se extrae de la raíz de Tabernanthe iboga, un arbusto originario de África Central-Occidental utilizado desde hace siglos en el ritual Bwiti, en Gabón. A diferencia de lo que muchos asumen, la ibogaína no es un psicodélico clásico como la psilocibina o la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) — que actúan principalmente sobre el receptor 5-HT2A. Es una molécula de "farmacología en matriz": tiene afinidad moderada a débil sobre múltiples sistemas a la vez: antagonismo de receptor NMDA, agonismo de receptores opioides kappa, antagonismo nicotínico α3β4 (considerado el mecanismo principal detrás de su efecto antiadictivo), actividad sobre sigma-2 (implicada en la neurotoxicidad cerebelar observada en modelos animales) e inhibición del transportador de serotonina. Ese perfil farmacológico inusual es lo que ha despertado el interés científico actual, particularmente para condiciones donde los tratamientos disponibles siguen siendo insuficientes: la adicción, el TEPT, las lesiones cerebrales traumáticas y condiciones neurodegenerativas como el Parkinson y la esclerosis múltiple.

¿Cómo se siente la ibogaína?

La experiencia con ibogaína es marcadamente distinta a la de otros psicodélicos, y no tiene nada de recreacional. Quienes la han vivido en un contexto clínico suelen describirla como una revisión acelerada de la propia vida: algunos terapeutas la resumen como "diez años de psicoterapia en una noche." Durante la fase aguda, que dura varias horas, es común revivir recuerdos de etapas tempranas de la vida, a menudo desde una perspectiva de tercera persona, con una especie de empatía distanciada hacia uno mismo y hacia las demás personas presentes en esos recuerdos. A eso le sigue un período más largo (hasta 24 o 36 horas en total) de introspección y fatiga física. Es precisamente esa intensidad, y esa duración, lo que hace que el monitoreo médico deba extenderse mucho más allá de la dosis inicial: no es una experiencia que pueda tomarse a la ligera, ni vivirse fuera de un entorno clínico.

Lo que la evidencia dice hoy

La investigación sobre la ibogaína aún se encuentra en sus primeras etapas, pero ya no se basa únicamente en  evidencia anecdótica. Y es importante ser precisa aquí, porque el rigor científico exige distinguir entre lo que  sabemos, lo que sospechamos y lo que todavía no se ha probado. En salud mental y condiciones neurológicas, la  evidencia en humanos se limita, hasta hoy, a estudios observacionales de un solo grupo (sin comparación con placebo), realizados mayormente en veteranos varones de combate. Ningún ensayo clínico aleatorizado y controlado  ha evaluado la ibogaína en TEPT, depresión o lesión cerebral traumática. Esto no significa que la ibogaína no sea  eficaz. Significa que aún no contamos con estudios capaces de demostrar con certeza qué parte de los beneficios  observados se debe a la medicina y qué parte puede explicarse por otros factores. A continuación algunos de los  hallazgos más relevantes:

  • Estudio MISTIC de Stanford (Cherian et al., Nature Medicine, 2024; ensayo registrado NCT04313712): 30 veteranos varones de Operaciones Especiales con lesión cerebral traumática (mayormente leve) recibieron una sola dosis de magnesio-ibogaína junto con terapias complementarias. Al mes, las tasas de remisión fueron 86% para TEPT, 83% para depresión y 83% para ansiedad, con tamaños de efecto muy grandes (d=2.54, 2.80 y 2.13 respectivamente). No hubo eventos adversos cardíacos serios reportados bajo este protocolo específico con magnesio. A pesar de ser el trabajo más citado en este campo, sus resultados deben interpretarse con cautela, ya que se trata de una investigación observacional sin grupo control, realizada en una muestra pequeña y autoseleccionada.
  • ¿Se mantiene el efecto en el tiempo? Es la pregunta abierta más importante. El seguimiento a 12 meses del equipo de Stanford ya está disponible como prepublicación y aún espera revisión por pares. La evidencia publicada más informativa hasta hoy proviene de un programa clínico en México (Davis et al., 2023), que siguió a 86 veteranos tratados con ibogaína seguida de 5-MeO-DMT y documentó mejoras significativas en TEPT, depresión y ansiedad al mes, con persistencia del beneficio a los seis meses. Como es habitual en esta etapa de la investigación, se trata de estudios abiertos, sin grupo control y con más de una intervención en el mismo protocolo, por lo que no es posible atribuir el efecto a la ibogaína por sí sola. Eso es justamente lo que un ensayo controlado permitiría establecer.
  • Adicción: existen unos 24 estudios clínicos con ibogaína en trastornos por consumo de sustancias (unos 705 pacientes), pero solo tres son ensayos aleatorizados y controlados. Los dos realizados en dependencia de opioides usaron noribogaína, el metabolito activo: un estudio de fase I de dosis ascendente y un ensayo cruzado en 27 pacientes en metadona, que mostró prolongación del intervalo QT dependiente de la dosis y reducciones de la abstinencia sin significancia estadística. El único ensayo doble ciego con resultado positivo fue en cocaína.

    El interés en opioides viene de otra fuente: múltiples estudios abiertos e independientes, con equipos y protocolos distintos en Estados Unidos, Nueva Zelanda y los Países Bajos, documentan un mismo patrón en series de hasta 191 pacientes: la mayoría deja de mostrar signos o síntomas de abstinencia (“withdrawal”) dentro de las primeras 48 a 72 horas tras una sola dosis, con reducción marcada del “craving”. Es un resultado llamativo y reproducible, pero todos esos estudios son abiertos, sin placebo, con pacientes que sabían qué recibían y dentro de un protocolo de desintoxicación del cual no puede separarse el efecto del fármaco. Por ello, es importante reconocer que en opioides la ibogaína no está sin estudiar: está sin comprobar. Esa es la brecha que este programa piloto busca cerrar.
  • Condiciones neurodegenerativas: aquí la evidencia en humanos es, con diferencia, la más temprana de las tres poblaciones: se limita a reportes de caso. En esclerosis múltiple, un reporte de dos pacientes (Chen et  al., 2025) documentó reducción del tamaño de una lesión de sustancia blanca y cambios en resonancia  magnética que los autores interpretan como compatibles con remielinización. En Parkinson, un reporte de  caso (Erny et al., 2026) describe a una mujer de 52 años tratada 80 días con dosis bajas (hasta 75 mg/día), con mejoras en síntomas motores, calidad de vida, fatiga y depresión, empeoramiento del sueño y sin eventos adversos registrados.

    La evidencia actual son caso aislados sin grupo control ni cegamiento; los cambios de imagen son inespecíficos y la carga lesional en EM fluctúa de forma natural. No existen series mayores ni ensayos clínicos para ninguna de las dos condiciones. Pero lo que sí hay es una base mecanística preclínica: en modelos animales la ibogaína aumenta la expresión de GDNF en circuitos dopaminérgicos (Marton et al., 2019), el mismo factor que sostiene las neuronas que se pierden en el Parkinson. Aún así, ese mecanismo aún no se ha probado en un modelo animal de Parkinson, y en animales las dosis altas afectan el equilibrio y la coordinación: una razón adicional de cautela en pacientes con dificultades de marcha. Es una hipótesis coherente, aunque no constituye una promesa clínica; y precisamente porque el nivel de evidencia no permitiría justificar ningún otro tipo de acceso, justifica investigarla con seriedad.
  • Texas, consorcio IMPACT ($50 millones, UTHealth Houston y UT Medical Branch Galveston): un ensayo clínico multicéntrico de dos años, financiado por el estado, que comenzó a reclutar pacientes en 2026 para estudiar ibogaína en adicción, lesión cerebral traumática y otras condiciones de salud conductual, parte de la nueva generación de estudios diseñados con controles de seguridad cardíaca desde el inicio.
  • Orden ejecutiva federal (18 de abril de 2026): el presidente Trump firmó una orden dirigida a acelerar la revisión regulatoria de terapias psicodélicas, nombrando explícitamente a la ibogaína, con un compromiso de al menos $50 millones a través de ARPA-H para investigación y para apoyar a estados que desarrollen sus propios programas.

Hoy Puerto Rico se suma a ese movimiento — no como espectador, sino como posible protagonista, con la ventaja de contar con un ecosistema farmacéutico, académico y clínico capaz de sostener investigación de alto rigor.

Los riesgos que no podemos ignorar

Sería irresponsable de mi parte hablar de ibogaína sin hablar de sus riesgos. El riesgo principal es cardíaco. La ibogaína prolonga el intervalo QT y puede provocar arritmias ventriculares graves, incluida la torsade de pointes, aun a dosis terapéuticas y en personas sin cardiopatía conocida. La literatura documenta al menos 27 muertes asociadas a su uso (Litjens & Brunt, 2016). Muchas ocurrieron sin evaluación cardiológica previa ni monitoreo, pero también se han reportado fatalidades bajo supervisión médica: el monitoreo no elimina el riesgo pero sí permite detectarlo y tratarlo a tiempo.

La única cohorte que monitorizó el corazón de forma continua (Knuijver et al., 2022) define lo que un protocolo debe anticipar: la mitad de los pacientes superó un QTc de 500 ms, umbral de alto riesgo arrítmico; en varios el QTc siguió elevado más allá de las 24 horas, de modo que la telemetría no puede suspenderse al terminar la experiencia; y todos presentaron ataxia transitoria severa, sin poder caminar sin apoyo, un riesgo de caídas especialmente relevante en Parkinson o esclerosis múltiple.

A eso se suma que cada persona metaboliza la ibogaína de forma distinta según su genética (enzima CYP2D6), por lo que una misma dosis puede producir exposiciones muy diferentes. Los medicamentos que también prolongan el QT —entre ellos varios antidepresivos comunes— y los desbalances de potasio o magnesio amplifican el riesgo.

Esta es, precisamente, la razón por la que un marco de investigación regulado cobra tanta importancia. La diferencia  entre un caso trágico y un tratamiento potencialmente transformador casi siempre está en la supervisión médica, la cual incluye una evaluación cardiológica rigurosa, monitoreo continuo, protocolos de magnesio, personal médico  entrenado y capacidad de respuesta ante emergencias. Eso es exactamente lo que un estudio piloto bien diseñado  puede ofrecer.

¿Qué implica esta nueva orden ejecutiva en Puerto Rico?

Para que quede claro para nuestra comunidad:

  • Lo que hace esta orden: el Secretario del Departamento de Salud reclasificará la ibogaína dentro de las listas de sustancias controladas de Puerto Rico, un sistema propio, con cinco listas (I a V), que establece la Ley Núm. 4 de 1971 y que es independiente del sistema federal de la DEA. Esa reclasificación es lo que permite, por primera vez, autorizar su uso médico dentro de un Programa Piloto de Investigación para las tres poblaciones ya mencionadas, en coordinación con ASSMCA (bajo la Ley Núm. 67 de 1993) y la Oficina del Procurador del Veterano.
  • Lo que no cambia: a nivel federal, la ibogaína sigue clasificada en la Lista I de la DEA, la categoría más restrictiva, reservada para sustancias sin reconocimiento para uso médico. La reclasificación de Puerto Rico no altera ese estatus federal. Por eso la ibogaína no es un tratamiento aprobado, no estará disponible en farmacias ni consultorios, y su acceso fuera del Programa Piloto autorizado sigue siendo ilegal y clínicamente riesgoso.
  • Lo que sigue: el Secretario de Salud deberá establecer, por reglamento, los protocolos clínicos, criterios de elegibilidad y medidas de seguridad del programa. También se crea un Comité Asesor Científico y Regulatorio (con participación de ASSMCA, la Oficina del Procurador del Veterano, academia y profesionales de bioética e investigación clínica) para asesorar al Secretario. El programa tendrá un período inicial de 24 meses con recopilación de datos e informes periódicos a la Gobernadora previo a decidir si se expande, modifica o institucionaliza. Ese proceso toma tiempo, y así debe ser.

Por qué esto me importa, como psiquiatra puertorriqueña

Resumiría toda esta información con una palabra: esperanza. La ibogaína muestra una señal científica real y prometedora para la adicción y ciertas condiciones neuropsiquiátricas. Puerto Rico tiene hoy la oportunidad de ayudar a determinar, con seriedad y rigor, si esa promesa se sostiene.

Eso es exactamente lo que hace un marco de investigación responsable: no promete curas ni vende falsas esperanzas, pero tampoco descarta una posibilidad real. La estudia con cuidado para responder con evidencia, dejando a un lado el entusiasmo y el miedo.

Como psiquiatra, veo en esta clase de medicinas algo que la psiquiatría ha buscado durante décadas: la posibilidad de combinar, en una misma experiencia, el trabajo farmacológico y el trabajo psicoterapéutico que normalmente hacemos por separado, uno que actúa sobre la química cerebral y otro que procesa significado, poco a poco, a veces durante años. Cuando ambos ocurren juntos, se abre una ventana para evaluar y explorar cosas que de otra forma tomarían mucho más tiempo en surgir. Por eso creo que esta generación de tratamientos puede representar un punto de inflexión para nuestro campo — no por magia, sino porque combina, en una sola sesión supervisada, dos herramientas que históricamente hemos usado por separado.

Trabajo todos los días con pacientes que viven con depresión resistente, trauma y adicción, personas para quienes las opciones actuales, aunque valiosas, no siempre son suficientes. Como cofundadora de Sattva, una clínica dedicada a  la psiquiatría integrativa e intervencional, he visto de cerca tanto el potencial como los límites de las terapias  emergentes. Por eso creo que la pregunta correcta nunca es "¿la ibogaína funciona?", todavía no tenemos evidencia suficiente para responder eso con certeza, sino "¿estamos dispuestos a investigarla con el rigor, la seguridad y la humildad científica que se merece?"

Puerto Rico tiene la oportunidad de responder que sí, pero con el mismo rigor que exige toda buena ciencia: con datos, con supervisión médica, con transparencia, y priorizando la seguridad del paciente. Ese es el compromiso que asumí al colaborar en esta orden ejecutiva, y es el compromiso que la Fundación Pravan sostiene en cada uno de nuestros proyectos de investigación, educación, política pública e innovación.

Seguiremos informando a nuestra comunidad, con la misma rigurosidad y la misma esperanza, a medida que estos estudios piloto avancen.

Paulina D. Rullán-Farinacci, MD 

Psiquiatra, Cofundadora y Directora Médica de Sattva Clinic, Clínica de Psiquiatría Integrativa e Intervencional. Directora de Educación e Investigación de la Pravan Foundation.

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